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La nostalgia franquista del PP

15 octubre, 2013

Últimamente se han hecho públicos numerosos casos de simpatía de miembros del Partido Popular hacia el franquismo. Entre ellos encontramos a alcaldes que presumen de tener el retrato de Franco en su despacho y el Cara al Sol de tono de móvil o a  los energúmenos de Nuevas Generaciones que han posado con el brazo en alto y simbología fascista. Que se sepa, hasta el momento el PP no ha expulsado a ninguna de estas personas.

Al contrario de lo que muchos quieren transmitir no son hechos aislados. Es un secreto a voces que la ideología franquista está en las entrañas del PP. Sólo hay que irse a la hemeroteca para recordar que Alianza Popular fue fundada al grito de ¡Franco, Franco, Franco! por siete ilustres miembros del régimen, el más destacado Manuel Fraga, ministro de Información y Turismo con Franco.  Entre las filas de AP también estaba Carlos Arias Navarro, el hombre que comunicó entre lágrimas  la muerte del dictador por televisión.

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Gran parte de la culpa de estos sucesos la tiene la transición. Al contrario de los falsos mitos que se han difundido sobre la misma, no fue el resultado de un consenso entre todos los españoles, sino un proceso dominado por las élites del franquismo que controlaban todos los aparatos del Estado, sin la participación de una sociedad civil acostumbrada a ser mera espectadora del devenir institucional del país.

Estas élites, con el rey a la cabeza,  jamás asumieron sus responsabilidades por su complicidad con la dictadura. Para ello contaron con la ayuda de una campaña propagandística sin igual por parte de unos medios sumisos. De hecho, Juan Carlos de Borbón ni ha pedido perdón por colaborar con el franquismo ni ha condenado al régimen hasta la fecha.

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A pesar de que España es el segundo país del mundo con mayor número de desaparecidos, la derecha española se ha dedicado a justificar el golpe de Estado de 1936 y a difundir una visión negacionista de los crímenes del franquismo, incluso algunos de los actuales dirigentes del PP, como el europarlamentario Jaime Mayor Oreja, se atreven a halagarlo públicamente.

Entre las consecuencias de la no tan modélica transición, además de la prolongación del dominio económico e institucional de  las clases privilegiadas del franquismo, están el olvido y la banalización del régimen criminal por parte de muchos de los jóvenes que nacieron tras la muerte de Franco.

Casi 40 años después sigue habiendo admiradores del fascismo en España capaces de levantar el brazo con orgullo, y lo hacen con total impunidad desde el partido que gobierna el país por la permisividad de sus dirigentes. Mientras tanto, el Gobierno del PP hace oídos sordos a las críticas de la ONU y se dedica a entorpecer las investigaciones judiciales para proteger a los torturadores del franquismo.

Un partido que muestra aquiescencia hacia un régimen fascista no debería obtener apenas votos en un país democrático. Que lo haga demuestra que algo no va bien en nuestra sociedad.

Es importante conocer la historia para que no se repita. Hace falta una condena firme tanto institucional como social del franquismo, una concienciación por parte de la población de las consecuencias de una dictadura que acabó con una de las democracias más avanzadas de su tiempo y produjo uno de los periodos más negros de la historia de España, que mucho tiene que ver con el actual déficit democrático y de bienestar social que vivimos.

Aquel 1 de octubre…

1 octubre, 2013

Hoy se cumplen 38 años de la última manifestación en apoyo a Francisco Franco antes de la muerte del dictador.  La convocatoria tuvo lugar el 1 de octubre de 1975 en la Plaza de Oriente como respuesta a las críticas internacionales por las últimas ejecuciones del régimen franquista.

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En el balcón, acompañaron a Franco el rey Juan Carlos y la reina Sofía. El actual jefe de Estado mostraba así su apoyo al dictador asesino y a su régimen fascista mientras los asistentes cantaban el Cara al sol con el brazo en alto.

Imágenes como éstas ponen en evidencia al monarca y destruyen  la falsa imagen de demócrata que han creado los grandes medios de comunicación durante todos estos años.

Por mucho que a los cortesanos del siglo XXI les pese, los hechos son irrefutables. Juan Carlos de Borbón fue cómplice de una dictadura que asesinó y torturó a millones de españoles. La realidad es la que es, por muchas campañas propagandísticas que se inventen sus lacayos para mejorar la imagen de la monarquía.

Mentiras monárquicas: ¡el Rey no duerme por el paro juvenil!

14 marzo, 2012

Nueva maniobra de propaganda monárquica. El rey Juan Carlos ha comunicado su preocupación por el desempleo juvenil. En un comentario “superespontáneo” el monarca ha declarado que le quita el sueño que la mitad de los jóvenes estén sin trabajo. Muy bueno el chiste…

Ahora resulta que el bribón de Juan Carlos  se desvive por el bienestar de los españoles, pero no le quita el sueño cobrar 292.752 euros anuales el solito, que por no hacer nada y ostentar un cargo público sin ninguna legitimidad para hacerlo no está nada mal.

Sólo falta que nos digan que el rey no dormía cuando acompañaba a Francisco Franco en sus actos de exaltación fascista, o cuando juró los Principios Generales del Movimiento Nacional  y legitimó el golpe de Estado de 1936 ante las cortes franquistas.

Entonces el rey podía dormir a pesar de los millones de españoles asesinados, desaparecidos y detenidos por la dictadura a la que tanto apoyó.

En definitiva, Juan Carlos no es más que un hombre sin escrúpulos, capaz de cualquier maniobra para mantener su posición de poder económico y su situación de usurpación de la jefatura del Estado.

Juan Carlos no tiene ningún derecho a representar a los españoles, a pesar de que los medios de comunicación nos intenten vender que es una gran demócrata que devolvió la soberanía al pueblo. La única realidad es que la monarquía no es más que la prolongación del franquismo en la historia de nuestro país.

El pueblo español habrá recuperado su soberanía cuando sea libre de  decidir quien ocupa la jefatura del Estado. Hasta entonces sólo habrá una pseudodemocracia que no es más que una farsa.